Hubo un antes y un después. Voy a contarlo.
Yo empecé a actuar a los trece años en Rosario, con Mirko Buchín. Después seguí en Buenos Aires. Estudié bastante: con Raúl Serrano en la Escuela de Teatro de Buenos Aires, con Julio Chávez en el Instituto de Entrenamiento Actoral. Aprendí mucho. Situación, aquí y ahora, el cuerpo cargado de un quiero, estar presente, con el otro… todo lo que se necesitaba para hacer una escena realista.
El encuentro con el Sportivo
Y un día fui al Sportivo Teatral, a las clases con Ricardo Bartís.
Algo me pasó ahí que no me había pasado antes en ninguna escuela. Algo del orden de no poder volver a actuar de la misma manera.
La primera vez que entré a una clase del Sportivo, no entendía nada. Actuaba con todo el grupo a la vez. Todos al mismo tiempo. Conducidos por Ricardo. Sin red. Sin ensayo. Sin idea previa.
Era otra cosa. Había una dirección clarísima. Pero era arbitraria. Era poética. Era de cuerpo. Era de impulso. Era de deseo. Era de lo que aparece, no de lo que se piensa.
Me costó. Mucho. Porque toda mi formación previa era realista y representativa. Y acá, acá era otra cosa. Era actuación pura, sin personaje, sin escena: en los entrenamientos éramos fuerzas, formas, ritmos, energías, y yo en ese momento aún no lo terminaba de entender.
Aprender a actuar de nuevo
Pasaron meses. Años. Al final estuve 9 años con Bartís. Y en ese devenir la actuación dejó de ser para mí lo que era y cambió por completo. Estar atravesado por un estado. Que las palabras salieran de un cuerpo tomado, no de una idea bien armada. A comprender que mi cuerpo era el campo de batalla, el territorio donde se inscribiría el suceso de actuar. Donde comprendí que podíamos confiar en la arbitrariedad, en el accidente, en no esperar que algo me habilite para actuar. Comprendí que más allá del personaje también estaba yo ahí, y esa era la verdad más concreta: mi vínculo con el espectador, mi vínculo con la actuación, y cómo volverme el relato, que la actuación esté por delante del relato y que el cuerpo del actor es un cuerpo poético.
Aprendí a actuar de nuevo. Y a divertirme actuando.
Aprendí también una idea de Ricardo que me cambió la cabeza: que actuar no es lo mismo que representar. Que un actor no es alguien que reproduce un texto con eficacia, representando signos, tonos de voz y gestos vacíos que informen. Un actor es alguien que sostiene una presencia. Que crea una imagen. Que se vuelve, en escena, un objeto convocante de mirada. Que actuar es la excusa para afirmar el ser.
"Un actor no reproduce un texto. Sostiene una presencia. Se vuelve un objeto convocante de mirada."
Hacer obras con él
Después tuve la suerte de actuar en obras dirigidas por Ricardo. Estuve en La Máquina Idiota, que se fue de gira al Asian Art Festival, en Corea, y al Festival Internacional de Buenos Aires. Y en 2017 entré al Laboratorio de Creación que Bartís dirigió en el Teatro Nacional Cervantes — fuimos 35 elegidos entre 1000 postulantes —, quienes hicimos La liebre y la tortuga. Luego ensayé dos obras más, durante casi un año cada una: Hambre y amor y La gesta heroica, pero no llegué a estrenarlas por motivos personales.
Hacer obras con él fue otra experiencia. Las clases enseñan; los ensayos y las funciones transforman. Búsquedas de un año o un año y medio por obra, improvisando, acumulado en todos los sentidos, pruebas, actuación, actuación, actuación, acumulación, y de ahí derivar luego en un texto, en recorridos de actuación que terminan siendo una obra construida desde la potencia de los cuerpos.
Lo que me llevo, lo que doy
Hoy, en Barcelona, sigo actuando. Estoy en El Fill, de Jon Fosse, dirigida por Ferran Utzet, en el elenco protagónico del Teatre Lliure. Estuve en Euforia y Desazón, de Sergio Boris, en la Sala Beckett y los Teatros del Canal de Madrid. Hice El profesor, una película de Netflix.
Y enseño. Doy clases en los Talleres de Teatro, en Gràcia. Pero quiero ser claro en una cosa, porque me parece importante: no soy el Sportivo. No soy Ricardo. No vengo a transmitir la escuela de otro. Lo que llevo a las clases es lo que viví, lo que aprendí, lo que se me transformó adentro. Mi propia poética, que se hizo gracias —entre otras cosas— a haber pasado por ahí.
El Sportivo me dio una mirada. Una manera de mirar la actuación, el cuerpo, la escena. Después fui inventando cómo enseñar lo que aprendí. Cómo compartirlo. Cómo dejar que cada alumno encuentre su propio territorio, su propia voz, sin obligarlos a pasar por mi viaje. Pero la deuda está. La gratitud está.
El viva
Así que esto es, en parte, eso: una manera de decir gracias.
Gracias al Sportivo. Gracias a Ricardo —al que hoy es mi amigo y adoro con todo el corazón, y que está presente en cada obra, en cada clase, en cada gesto—. Y a todos mis compañeros de todos esos maravillosos años, inolvidables. Los entrenamientos, los ensayos, las funciones y las amistades que de ahí se abrieron un lugar en mi corazón, para siempre.
Viva el Sportivo Teatral. Viva el teatro!