Estoy atravesado por dos grandes maestros: Raúl Serrano y Ricardo Bartís. Entre sus visiones, a veces contradictorias, a veces complementarias, fui forjando una mirada propia. No porque haya logrado una síntesis perfecta entre ambos, sino porque en el cruce, la tensión y el diálogo entre esas formas de entender el teatro, algo en mí empezó a arder. Ese fuego es el que me inspira y me sostiene en cada ensayo, en cada clase, en cada obra.

Lo que Serrano me dio

Raúl me marcó las lógicas de sentido. La verdad escénica. La rigurosidad del acontecimiento dramático. Su convicción de que el teatro no puede prescindir del conflicto, ni del pensamiento. La claridad de sus conceptos, la arquitectura invisible que sostiene la escena.

Desde sus primeras formulaciones del método de las acciones físicas, hasta su evolución hacia la teoría de los cuerpos en conflicto, siempre hubo en Serrano una búsqueda honesta y constante de entender qué es lo que hace al teatro ser teatro. Me enseñó que hay que querer con el cuerpo. A estar presente, aquí y ahora, en contacto con el otro. Me dio la organicidad, la verdad en escena. A cómo el conflicto estalla en el cuerpo del actor. Escenas realistas, cuerpos realistas, pero cargados de deseo.

"El conflicto motoriza la acción dramática." , Raúl Serrano

Lo que Bartís me abrió

De Ricardo Bartís aprendí a perder el miedo. En mi primer año en su estudio no entendía nada. Venía de una formación muy clásica y realista, y el encuentro con el caos, la locura, la forma, la mentira del artificio, el vínculo con su mirada, con textos poéticos, con gestos caprichosos, sin sentido… todo eso me ayudó muchísimo a entregarme al caos sin perder la fe. A habitar lo incierto, lo que aún no tiene forma.

Bartís me habilitó a entrar con todo mi ser, con toda mi historia, con mis cicatrices y mis delirios.

Con él entendí que el cuerpo es poesía. Que una mirada puede ser más potente que un discurso. Que el deseo es una forma de lenguaje. Que la escena no siempre necesita comprenderse, pero sí necesita vibrar. Me enseñó a jugar en serio, a confiar en el error, a sostener la incomodidad, a resistir la explicación.

"El estado es lo que sostiene la imagen. El estado es la actuación." , Ricardo Bartís

En la tensión entre los dos

Entre uno y otro aprendí que el teatro es una batalla que estalla en el cuerpo del actor. Que somos un laboratorio poético, un ritual colectivo, y que al salir a actuar lo que nos une es un acto de fe.

Que se puede construir desde el rigor o desde la desmesura, desde la palabra o desde el silencio, desde el texto o desde el estado. Que lo técnico y lo intuitivo no son opuestos. Que la realidad más concreta y la poesía pueden convivir. Que el actor puede ser un arquitecto y un animal, al mismo tiempo.

Mi propio camino

Pero también aprendí que no soy Bartís ni soy Serrano. Que mi camino incluye esas miradas pero no se agota en ellas.

Mi vida, mi experiencia como actor, mi historia como docente, mi deseo como creador teatral, me impulsan a buscar mi propia forma. Una forma a veces contradictoria, a veces desordenada, siempre en construcción. Una forma que toma lo que le sirve de cada uno de mis queridos maestros, sobre todo el amor y la pasión que los dos tenían y tienen por el teatro y por los actores.

Creo en un teatro que vibra. Que no se debe ilustrar. Que a veces busca lo que todavía no sabe. Que no teme al delirio ni al vacío, porque en el vacío estalla la posibilidad siempre.

Creo que el teatro nos permite el goce y la duda. Que respeta la técnica pero también la desobedece. Que abraza lo personal, lo extraño, lo que desborda. Que en esa desmesura entre el desborde de lo personal y la técnica emerge la poética del actor.

Ese teatro es el que intento transmitir. Un teatro que no busca parecerse a la vida, que no pretende respetar la moral, que sí exige presencia, opinión, cuerpo, entrega y deseo.

¡Viva el teatro!