En las clases no hay guión. No te dicen qué hacer, qué decir ni quién sos. Lo tenemos que crear. Esta es la base del entrenamiento que proponemos: la improvisación dirigida.
No es la improvisación del show de humor. No es "cualquier cosa en cualquier momento". Es algo más preciso, más exigente y más interesante: crear desde el cuerpo, desde el presente, desde el deseo, dentro de un espacio con reglas propias que el director propone y modula.
Un espacio fuera de lo cotidiano
Lo primero que queremos es que el taller sea un viaje que esté bueno y nos lleve a lugares desconocidos, que nos movilice y nos sorprenda. Un espacio fuera de lo cotidiano. Un lugar para experimentar y crear, donde podamos permitirnos hacer cosas que en la vida real no haríamos y darnos permiso para salir de nuestra representación de nosotros mismos.
No queremos cumplir un rol. No queremos representar lo que supuestamente es un profesor o un actor. Queremos estar en situación. Ser reales, ser nosotros. Eso también es parte del juego.
"No creemos en una acumulación tan lineal y ascendente o tranquilizadora. Nuestra forma es un poco más caótica, como la vida misma."
Improvisar la vida y el teatro
En las clases estamos improvisando. Y en la vida también. No hay guión. Nadie te dice qué hacer ni qué decir. Tenemos que crearlo.
Claro que es mucho más complejo crear que representar Entrenando intentamos que cada uno se descubra expresivamente, que pueda saber qué sonidos tiene como instrumento, comprender con el cuerpo cuáles son sus fuerzas expresivas y desde dónde va al encuentro con la creación. Recién ahí, cuando hay un cuerpo lleno de intensidad y deseo, un texto escrito por otro cobra vida de verdad.
La actuación está por delante del relato
Uno de los conceptos más importantes en nuestra mirada es que la actuación está por delante del relato. Porque para nosotros, la poética personal es el relato. Nos gusta pensar que más que un personaje, somos un trazo, una fuerza expresiva, un objeto convocante de mirada.
Creemos que lo personal siempre se impone frente a lo representativo. Entonces lo más importante es descubrir la propia voz y comprender que desde ahí, actuando, puedo comenzar a transformarme, poetizarme, a ser más sincero y verdadero.
No representar, sino opinar
Intentamos no representar a la vida tal cual es, con su lógica y su moral. Al contrario, tratamos de opinar sobre ella, de interpelarla. El solo hecho teatral ya plantea que hay otra posibilidad de existencia, otra posibilidad de mí. Vemos a la vida con ojos teatrales.
La improvisación dirigida es el eje de todo lo que hacemos porque crea las condiciones para que esa opinión aparezca. No desde un papel escrito, sino desde el cuerpo vivo, desde la situación, desde el vínculo con el otro.
Transitamos desde la improvisación y, partiendo de la nada, creamos miles de historias y personajes. Investigamos simultáneamente nuestro instrumento y las fuerzas de la escena. Capturamos gestos olvidados. Mezclamos vida real con imaginario y el suceso es una explosión increíble.
Con reglas, no con caos
La improvisación dirigida no es hacer cualquier cosa en cualquier momento. Eso sería impunidad. Lo que hacemos es romper con algunas lógicas de sentido sin perder la organicidad. El director propone un territorio, una situación, unas condiciones. Y dentro de ese marco, el actor crea, responde, arriesga.
Es como un deporte: hay reglas, hay un campo, hay compañeros. El cuerpo responde en tiempo real a lo que pasa.
No es tan común hacer lo que hacemos. Y por eso funciona.