Entrar al ensayo como quien entra en una batalla. No con la guardia baja, no con la modestia de quien viene a aprender. Con el cuerpo dispuesto, la presencia encendida y el deseo enorme de actuar. Eso es lo que el ensayo pide. No corrección. No obediencia. No ilustración puntual de un guión. El ensayo es el territorio de mayor peligro y fricción: el espacio donde el cuerpo intenta abrir esa grieta en la realidad que provoca el verdadero acontecimiento teatral.

Al empezar los ensayos de El Fill en el Teatre Lliure, recibí un mensaje de mi maestro, Ricardo Bartís. Uno de esos mensajes que llegan a la distancia para saber cómo va el proceso. Pero conociendo su universo, lo leí como lo que era: un manifiesto técnico y poético. Una serie de instrucciones para entrar en la madera del escenario.

El recorrido

Me hablaba de no perderme en los primeros movimientos: armar un verdadero recorrido de posibilidades formales, climáticas, rítmicas y emocionales. En nuestras clases, ese "recorrido de actuación" es fundamental. No es un desplazamiento espacial. Es una estructura que se repite para apropiarse de la forma y luego llenarse de estados distintos. Como aprender a tocar una partitura antes de poder interpretar la música.

Me advertía que no fuera "glotón". Que no cayera en la sobreactuación ilustrativa, en el capricho impune del actor que llena la escena para llenarla. Y al mismo tiempo me exigía desbordar. Ahí reside la máxima tensión creadora: el fino equilibrio entre la economía técnica y el cuerpo poético que estalla.

El estado no se razona. Se habita. Y para habitarlo hay que asumir el peso, el aire, y proyectar el deseo inmenso de actuar.

Ensayo — actores en el espacio escénico

El estar

Me insistía en una sola palabra que es el corazón de todo: el estar. Estar asumiendo el peso. Estar en el aire. Proyectar el deseo inmenso de actuar. En el teatro de estados que nos enseñó Bartís, el estado no se razona: se habita. Y ese llamado al peso me conecta inevitablemente con los cuerpos en conflicto de Raúl Serrano —donde el cuerpo no es envase sino campo, y debe asumir su resistencia y su fricción material.

Actuar es un acto de escucha constante. Dejarse afectar. Reaccionar desde un impulso genuino frente a la mirada del compañero. No desde la idea de lo que debería pasar.

El trazo

Me pedía un trazo nítido y fuerte. Estar dispuesto a irme al "viaje" de actuar. En nuestro lenguaje pedagógico, ese trazo no es otra cosa que la poética personal: la huella singular e intransferible que cada creador imprime en el espacio vacío. El trazo que no puede fingirse. El que o está o no está.

Y al final, en el saludo, un empuje rabioso: actuar contra todo y contra todos.

Esa frase no es un consejo de actuación. Es un recordatorio ético. El teatro es una trinchera. Un acto de resistencia vital y de desobediencia frente a un mundo que domestica, que corrige, que quiere cuerpos sumisos y expresiones seguras. El ensayo es donde ese "contra todo" empieza a hacerse forma.

El ensayo es el territorio indómito. El lugar donde te equivocás y te expandís. Donde te preparás para jugar, con la seriedad y el vértigo de un niño, a este superjuego que llamamos actuar.