Actuar, hacer teatro, desde nuestra mirada es un superjuego. Un juego complejo y apasionante, adulto, al que tratamos de no ingenuizar ni solemnizar. Un juego que nos invita a recorrer un camino grupal pero propio, y nos abre a un proceso de búsqueda y sorpresa que se irá desplegando a medida que cada uno quiera profundizar en la experiencia. Un proceso que creo que nunca termina.

Para mí empezó muy temprano. Mucho antes del escenario.

La grieta en la realidad

De pequeño jugaba con mi amiga Natacha a hacer películas que atravesaban toda la casa de la rama paterna, una mansión llena de estatuas de mármol, puertas secretas, roperos interminables, libros, relojes que retumbaban campanadas y cuadros que me daban miedo. Armábamos historias, creábamos personajes que duraban días, semanas. Jugábamos sin parar.

"Para mí ahí empezó. Ahí entró la actuación a mi vida. Se abrió la grieta en la realidad."

Hoy, sigo explorando esa grieta en cada ensayo, cada obra y cada clase. Y me sigue sorprendiendo, mostrando y develando algo. Porque eso que comenzó como un juego de infancia nunca dejó de ser lo mismo en esencia: una manera de expandir la realidad y de entrar en algo que todavía no existe.

Cada clase es un mundo

Cuando alguien llega al taller por primera vez, se despliega todo una y otra vez: la belleza cautivante de las clases más poéticas, las más divertidas, físicas, locas, profundas, simples. A veces pueden hacer cualquier cosa que tenían ganas. Otras veces bailan, cantan. En otras se frustran o se aburren. O las dinámicas los llevan a zonas más sensibles y, al entrar ahí, se emocionan y se abren un poco más.

Por la experiencia de tantos años haciendo esto, llegué a la conclusión de que cada uno vive y encuentra en estas clases lo que viene a buscar, y un poco lo que quiere encontrar, de manera consciente o inconsciente. El espacio es el mismo para todos, pero cada uno lo vive a su manera.

Sea poco o mucho lo que cada uno se pueda llevar, todo se va acumulando. Cada uno lleva adelante su proceso a su ritmo, con su deseo como motor.

El deseo como fuerza

El deseo no es un adorno. Es el motor real del aprendizaje actoral. No son los mismos actores después de un año de entrenamiento que cuando llegaron por primera vez. Nosotros tampoco somos los mismos profesores después del encuentro con ellos. El encuentro transforma a todos.

Cada clase es un mundo lleno de energías, formas, gestos, emociones, imágenes, personajes, risas, músicas, colores, vestuarios. Cada clase, un encuentro real, al fin, con uno mismo y con los otros. Una fiesta vivida en los cuerpos.

Un juego que nunca termina

A medida que se juega, el juego se vuelve más complejo y más interesante. Lo que al principio puede parecer simple, hacerse el gracioso, pasarla bien, entretenerse, buscar una risa, puede quedar atrás rápidamente cuando se empiezan a descubrir las profundidades y los múltiples caminos que se abren frente a esta experiencia. Y es ahí cuando se pone mejor: cada vez más desafíos, cada vez más sorpresas.

Lo que la actuación te da siempre está en relación con lo que entregas.

Empezamos a comprender que actuar es jugar, sí. Pero jugar de verdad. Con todo lo que eso implica: entrega, riesgo, presencia y la convicción de que lo que sucede aquí y ahora importa. Por más en serio que se actúe, por más en serio que se piense, esto siempre es y debe ser vivido como un juego.

"Si no es un juego, es locura. Así que mejor juguemos."

La grieta en la realidad sigue abierta. En cada clase, en cada improvisación, en cada momento de verdadero encuentro escénico. Esa grieta es el teatro. Y es, también, el origen de todo.