Existe una confusión muy común al acercarse a la actuación: creer que para actuar con verdad y profundidad hay que sufrir de verdad, recordando traumas literales o situaciones dolorosas de nuestra vida privada. A esto nosotros le decimos un rotundo no. El teatro no es psicodrama ni terapia. No nos interesa tu biografía privada, nos interesa tu universo personal.
La poética personal como relato
Tu universo personal es mucho más rico y expansivo que una anécdota de tu pasado. Está compuesto por tu sensibilidad, tus ritmos, tu forma única de ver el mundo, tu capacidad de asociación y las imágenes que has ido guardando: la luz de una tarde específica, una cara que viste en el transporte público, la textura de una calle que ya no existe.
Cuando te pedimos que uses "lo tuyo", no queremos que te vayas de la escena para recordar a un familiar o una tristeza literal; si haces eso, te sales de la situación, tu mirada se vacía y dejas de estar presente ante tu compañero. Lo que buscamos es que uses tus propias imágenes como materia creativa para el aquí y el ahora. En nuestro entrenamiento, entendemos que tu poética personal es el verdadero relato de la escena.
No nos interesa tu biografía privada. Nos interesa tu universo personal: tu sensibilidad, tus ritmos, tu forma única de ver el mundo.
El cuerpo como pincel
Piensa en esto de manera espacial y física: tu cuerpo es el pincel y el espacio escénico es un lienzo vivo, orgánico, lleno de potencias. Tu experiencia personal y tu universo asociativo son la pintura. No tienes que explicar quién eres ni justificar tu pasado; tienes que manchar el espacio con tu intensidad.
Cuando habitas la escena desde este lugar, dejas de ilustrar realidades ajenas para empezar a opinar sobre la vida, interpelando a quien te mira desde una fuerza expresiva que es irrepetible porque es tuya.
El permiso para el juego
Al separar la biografía del universo personal, nos liberamos. Nos damos permiso para jugar en serio sin el peso de la solemnidad. La actuación se convierte en un territorio donde podemos mezclar nuestros propios colores con la ficción, creando realidades momentáneas.
Ya no se trata de exponer tus secretos, sino de prestarle tus latidos, tus gestos y tu imaginario a la escena para que la pintura estalle en el espacio. Esa es la diferencia entre actuar desde el dolor y actuar desde la intensidad. Una te hunde. La otra te lanza.