Hay un momento en el entrenamiento en que algo cambia. El actor deja de explicar y empieza a querer. Deja de "hacer como que" y empieza a estar. Ese momento tiene un nombre: el quiero animal.
No es un concepto abstracto. Es una fuerza que se instala en el cuerpo cuando la situación es real, cuando el objetivo es claro y cuando el actor se entrega a perseguirlo de verdad. Esa fuerza lo ancla en la escena y lo libera de la representación.
Habitar la situación
Para liberarse del personajito, esa imagen vacía de lo que "debería ser", hay que estar en situación. Vivirla más que representarla. ESTAR. SER. Tener el cuerpo en situación.
¿Y cómo se logra? Teniendo en cuenta pautas como las reglas de cualquier deporte o juego. En lugar de hacer "como que", la frase mágica es "dale que". Al aceptar esas reglas, uno deja momentáneamente de ser el "yo real" para ser atravesado por una nueva realidad. La situación, no la idea sobre la situación, se vuelve el ancla.
"Al jugar al fútbol, voy a jugar en serio. Voy a querer meter el gol."
La situación como tronco en el mar
Para crear ficción, hay que aferrarse a la situación como a un tronco en el mar, más que a las ideas. Hay que estar y creer en ella. La búsqueda es habitar las escenas, no ilustrarlas, para que haya cada vez más cuerpos en situación en lugar de personajes explicativos.
Una situación tiene componentes muy concretos: el entorno, las condiciones dadas (de dónde vengo, qué pasó), el objetivo (qué quiero), lo que hago para conseguirlo y el conflicto que surge cuando no puedo. Cuando todos esos elementos están vivos en el cuerpo del actor, la escena respira sola.
El quiero como motor expresivo
El quiero animal nos instala. Nos da objetivo y perspectiva. Y llena nuestros cuerpos de intensidades que hacen que los textos salgan sin pensarlos, afectados por lo que nos atraviesa, llevando los cuerpos a formas que nos sorprenden.
Estar en la situación es querer lo que el personaje quiere en esas circunstancias. No decir que se quiere: querer de verdad, con el cuerpo, con la urgencia de quien sabe que algo está en juego. Esto genera conducta, verbalidad, matices en la voz y la mirada, y formas en el espacio.
Cuando el actor se corre del medio
Cuando el actor se "corre del medio", deja de mirarse o preocuparse por su "yo real" y se conecta con el deseo en la situación, algo sucede. Se abre un canal. Las fuerzas del presente creado entran en juego. Nos sorprenden. Nos alejan momentáneamente de nosotros mismos, dándonos la sensación de haber actuado, de haber sido "habitados" por algo.
La escena, un espacio vacío, se habita con fuerzas, poéticas, imágenes, tensiones y miradas, generando formas que se desarman y modifican, todo impulsado por el cuerpo del actor.
Los personajes padecen las situaciones. Y en ese padecer, en ese querer y no poder, en esa lucha entre el objetivo y el obstáculo, ahí aparece el tono: drama o comedia. Ahí aparece el teatro.
El quiero animal no es una técnica que se aprende en un día. Se entrena. Se descubre. Se pierde y se recupera. Pero una vez que lo has sentido en tu cuerpo, reconoces su ausencia en seguida. Y empiezas a buscarlo cada vez más.